Terceros Lugares

Aquí les dejo los textos de los 3º Lugares en el congreso.

Poesía

Vida – Silvia Alarcón

Vida,

en finos hilos suspendida

como puntas agudas y brillantes

de cristales a punto de quebrarse.

Puro amanecer,

exasperante ocaso,

fulgor y agonía,

de un chispazo.

 

Cuento 200 palabras

Todo lo demás – Germán Seckel

El último paso fue en el aire, justo un segundo antes que entrara el tren del Metro en la estación. Después de eso, el golpe, algo de dolor, y mucha oscuridad. Ya no importaba todo lo demás.

 

Cuento 600 palabras

El vuelo de las aves – Denisse Zúñiga

Nunca había sentido una especial atracción por ellas, y me fueron indiferentes hasta este verano. Fue cruzando en el tren ramal a Constitución cuando descubrí como el verdadero vuelo de las aves surge cuando el paisaje es aún más silvestre. El asunto es que pareciera que el vuelo es distinto si es una danza para la vida o para la muerte.

El paseo incluyó una visita a isla Orrego. Ese punto que intersecta el río Maule con el Océano, y donde el maremoto pasado arrasó completamente con el camping de la isla. Al mirar las aguas todo parecía vivo, calmo, hasta silencioso…como si nada. En tierra, en cambio, el panorama del paisaje era funesto. Constitución todavía lucía las heridas del terremoto en las calles. Un ambiente extraño, mezcla del olor a mierda que salía de las media- aguas calenturientas por la falta de aislación que fueron montadas lejos de la orilla para guarecer a los sobrevivientes, y el perfume penetrante de la celulosa Arauco que estaba en la orilla del mar y que con ayuda de los vientos costeros se instalaba en la ciudad.

En la orilla preguntamos a un señor a cuánto el paseo en lancha. Muy serio, imperturbable y de pocas palabras –aún cuando nos hicimos los graciosos para obtener una buena rebaja- fijó el precio y nos dijo que en una hora daba la vuelta completa por la isla. En principio, navegamos sobre un apacible paisaje donde la majestuosa danza de gaviotines, gaviotas y pelicanos albos contrastaba con el azul cielo intensísimo. Bandadas completas se alzaban seguras sobre las aguas y a ras, sobre la lancha y sobre nosotros en perfecta coreografía. A mitad del recorrido, apreciamos un lado diferente de la isla. Convertida en una especie de Santuario, destacaba la gran cruz de madera con numerosos palos blancos espigados que gallardos le acompañaban por ambos costados. Los árboles, rejuvenecidos, mostraban sus troncos lavados y sus recientes tiernas hojas verde-azuladas. Detrás de la cruz, asomaba también el perfil de adultos y niños que de pie y cabizbajos, respetuosos e inmóviles visitaban  lápidas y animitas.

El ruido del motor no impidió que intentara robarle unas palabras al conductor .Y abrí la boca:

- Veo en el fondo que las copas de los árboles- de la isla- empezaron a brotar otra vez. Reconozco los eucaliptus, pero no esas cosas negras erguidas sobre sus copas, ¿qué son?

-Son buitres y jotes- responde. -Comen cosas muertas. Llegaron después del maremoto y no se fueron más- agrega impertérrito y escueto mientras se acomoda la gorra y vuelve a esconderse en el ruido del motor.

-Como siempre, pareciera que la naturaleza demora menos que nosotros en recuperarse-le filosofé tímidamente mientras me consumía la vergüenza de la ignorancia.

El conductor, desaceleró el motor. Dándose cuenta que no dejaría de interrogarlo, se puso de pie y sin alterar en lo más mínimo el tenor de sus palabras, me dice:

-Esta lancha la reconstruí entera. Yo cruzaba gente al camping la noche del terremoto. Estaba en esta lancha con mi madre y mi señora. Nos agarró una ola inmensa que nos tiró pa´l fondo del río, todo estaba oscuro, ninguna sabía nadar pero yo sí,  y las rescaté. En la lancha vecina, estaba mi padre y mi hijo, mi único hijo. Nunca más los vi…

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